GANADORES IV concurso Microrrelatos UCLM. 2015

Gala en el Parnaso

-¿Y cómo dice su señoría que se llama? – dijo el recepcionista mirando la lista de invitados por encima de las gafas – No encuentro su nombre. Un día como hoy está todo lleno aquí, en El Parnaso. El resto del año nuestros genios andan de aquí para allá, inspirando a escritores y artistas pero hoy, ya ve, nadie quiere perderse la fiesta de gala.
-Si no consta como Alonso Quijano, mire por Quijote, no recuerdo cómo hice la reserva.
-Tampoco aparece. Pero, oiga, aquí solo se admiten autores y personajes acompañados.
-Es una lástima, porque mi autor está hoy en el convento de las Trinitarias con su mujer –dijo aquel espigado caballero-.
-Vaya, lo siento. Pero se me ocurre que quizás lo podamos solucionar –dijo el recepcionista abriendo el micrófono de la megafonía– Señor Avellaneda, señor Avellaneda, le buscan en recepción.

Marcelino Santiago Yustres
Director técnico de la Unidad de Gestión Académica (Ciudad Real)

 

Historia de unas piedras

La vida de Santiago cambió a los 9 años, cuando unas piedras en el riñón y el empeño de su maestro lo libraron de incorporarse a las labores de la trilla, como hacían entonces la mayor parte de los niños de su clase y edad.
La intervención quirúrgica la realizó un cirujano que tenía fama de fumar puros mientras operaba.
Carmen, la madre de Santiago, pidió al médico que le diera las piedras que le habían quitado a su hijo del riñón, entregándole el cirujano un frasquito con tres chinas que quizás cogió de la puerta de la calle.
Seguro que el médico de los puros se divirtió con aquella broma, seguro que Carmen (como el Quijote) veía los cálculos del riñón de su hijo dónde había chinas, y seguro que aquellas piedras permitieron a Santiago estudiar y ver el mundo de otra manera.

Félix Ureña Pardo 
Profesor de la Escuela de Ingenieros Agrónomos (Ciudad Real)

 

Un día en el campo

En mi casa siempre se ha ido al campo bien desayunado, con bastantes provisiones y vestido con lo que sabes que no te pondrías un domingo de feria. Y como tantos otros días, el de ayer no lo pudo ser menos.
Fue a la vuelta cuando le pregunté a mi chiquillo si se había dado cuenta de cómo gruñía la yerba mientras subimos la ladera, de cómo el aire se quejaba al atravesar el campo de trigo o de cómo se dolía el agua cuando discurriendo río abajo golpeaba contra las rocas. Él, quijote mío, me dijo que simplemente estaban jugando. Será que aún le queda mucho campo por recorrer.

Aitor Africano Escoda Aroca 
Antiguo alumno de la Facultad de Educación (Cuenca)

GANADORES III concurso Microrrelatos UCLM. 2014

Vacas

Soy hombre de ciudad, lo admito, pero sé del campo lo bastante para darme cuenta de que las vacas de los prados no pueden tener todas las patas del mismo largo. Cualquiera se daría cuenta de que la inclinación natural del suelo exige un diseño asimétrico. Lo he visto mil veces desde la autopista: la parte de vaca que queda ladera arriba ha de ser por fuerza más corta, para comodidad del animal, o la otra quedaría al aire.
Se me dirá que la vaca no ramonea siempre del mismo lado, ni en la misma posición. Pero no hay pruebas de esto. Nadie la mira tanto rato. Sabemos que carece de imaginación. Incluso forma senderos a fuerza de pisar la misma hierba. Por cierto, ¿cómo se las arregla para volver por el mismo camino con las patas cambiadas? Tengo que pensar más en esto.

José Reig Cruañes
Facultad de Periodismo (Cuenca)

 

Un bendito mal aire

Fue un eructo. No las rosas que le envié, ni los poemas que le escribí, sino el enorme, libre y estentóreo eructo que se me escapó en su coche viniendo de Riopar, y que casi provoca un accidente. Tan de improviso la pillé que el susto le hizo girar el volante, rozar la grava del arcén, quedar a centímetros del abismo. Cuando recompuso la trazada se me quedó mirando, incrédula, con dos ojos como dos azules huevos fritos: “joder con el poeta”, dijo. Y esa noche por fin rompimos la barrera del sonido. Ella es tierra y yo agua, pero fue el aire el que determinó nuestra maravillosa relación. Amor con gas, rendido eructo.

Ángel Javier Aguilar Bañón
Biblioteca General (Albacete)

 

El origen

Todo calma, una calma que angustiaba. Sonaba el sosiego. Obscuridad. Gritaba, o al menos eso pensaba, pues gritaba en silencio. Ningún sonido producía mi poco acostumbrada garganta. Faltaba el aire, un aire que yo echaba en falta aunque pudiera respirar. Me faltaba el viento, el sol, la luz, la vida. Parecía haber sido confinado en un no espacio atemporal, olvidado. No sabía quién era, aún no se si era alguien, no lo creo. Me revolvía, me estremecía, luchaba en vano por salir de allí. Algo se me anudó al cuello, parecía una larga soga. Cuanto más me resistía más me enredaba. Mis esfuerzos por soltarme eran inútiles, me ganaba la partida, me costaba respirar, me ahogaba… Vi una luz. Una luz brillante que me sosegó. El dolor cesó. Mi angustia terminó. Todo calma. No, no morí. Comencé a vivir. Sietemesino y por cesárea.

Héctor Blanco García-Tenorio
Escuela de Arquitectura (Toledo)

 

GANADORES II concurso Microrrelatos UCLM. 2013

Arroz con mostaza

Toca jotas, country y el corazón. Sabe hablar todos los idiomas del mundo, multiplicar por nueve cifras, subirse a cualquier árbol y deletrear al revés. Sólo come arroz con mostaza y espinacas con fresas. Puede correr sin sudar, nadar sin ahogarse y saltar sin despeinarse. Hace el amor con calcetines psicodélicos, mastica sin hacer ruido, le gusta el rojo, el verano y el arte. Baila sin tocar el suelo y vuela sin hacer ruido. Pero no sabe caminar si no es de la mano, no sabe dormir si no es con alguien, y no hablemos de soñar, eso, sólo lo sabe hacer conmigo. Sólo conmigo.

Ana Fernández Camacho
Facultad de Periodismo (Cuenca)

 

El color del mar

«Existió un viajero orgulloso, jactancioso por ser el único en conocer todas las maravillas del mundo. Cierto día le visitaron las Moiras, dueñas inexorables del destino. Como lección lo condenaron al sueño eterno si no respondía una pregunta.
¿De qué color es el mar?
El viajero jamás se detuvo a contemplar el mar durante sus viajes… Incapaz de contestar, le concedieron una última oportunidad, pero antes, le arrancaron los ojos. El viajero cegado anduvo eternamente, exhausto, paró para descansar bajo la sombra de un árbol. Desde allí escuchó el rumor del mar, se acercó y se mantuvo en pie, frente a su ignorada respuesta. Afligido, se sentó a esperar la justicia de tan siniestras damas. Sopló la brisa, las olas bañaron sus pies cansados, la arena fina jugaba entre sus dedos, inspiró profundamente y sólo entonces comprendió que el color del mar era el azul»

José Gallero-Albertos Fernández-Montes
Facultad de Humanidades (Toledo)

 

Saudade

Dobló los recuerdos cuidadosamente y los colocó en el interior de la maleta, dejando escapar una hilera de suspiros que se precipitaron hacia el fondo sin remedio. La liviandad del equipaje era síntoma de olvidos y pérdidas. O de la volatilidad de esos recuerdos.
El teléfono comenzó a reclamarla. Al reconocer su voz, se asomó presta a la ventana, obedeciendo a su petición. Lo encontró apostado contra el árbol y le lanzó la llave de inmediato, aguardando impaciente su llegada. Nunca antes había experimentado tan intensamente la labilidad del tiempo, que se fugaba entre besos y abrazos. Derrotada, hubo de separarse de sus labios y tomar el cab camino del aeropuerto. Desde el interior, le lanzó el último beso sin apartar la mirada del cristal, contemplando cómo su imagen se desdibujaba, cada vez más pequeña y lejana, mientras su corazón se encogía a medida que aumentaba la desgarradora distancia.

Ruth Alcarria Leal
Facultad de Educación (Cuenca)

GANADORES I concurso Microrrelatos UCLM. 2012

Obsolescencia programada

-¡Menuda selección!, Mira-
-En busca del unicornio-
-Insustancial-
-El árbol de la ciencia-
-Sin emoción-
-La ciudad de los prodigios-
-¡Se vende solo por moda!-
-Cien años de soledad-
-Una barrera a la imaginación-
-El tiempo entre costuras-
-Aunque venda, No gusta ni a los editores-.
-1984-
-Anticipa un futuro irreal, por mucho que los intelectuales trasnochados lo apoyen para aparentar dejar de serlo-
-Ullyses-
-Ningún erudito lo recomendaría-
-Escúchame , todos esos títulos los he leído, algunos incluso dos veces, pero me niego a creer que tú lo vayas a hacer. Los atesoras en ese artilugio digital, y pretendes hacer creer que de repente te interesa la literatura, jamás degustaste ni un solo movimiento de tu selección de Beethoven del Mp3, ni ahora leerás más de 10 páginas de cada obra que mencionas-.
-Un libro siempre será un Libro-.

Daniel Mateo Blázquez
Facultad de Derecho (Albacete)

 

Nada es gratis

Hoy libro. Tengo las mejillas coloradas por el calorcito del sol que me está dando mientras estoy sentada en la piedra de mi patio. Me llega un olor de rosquillas que seguro están friendo en la casa de al lado; el mismo de la rebeca de mi madre y mi pelo cuando nosotras acabábamos de hacerlas. Rompo el hielo de un charco que se ha formado después de la pelona de anoche. Acabo mojándome los zapatos. Da igual, ya los arruiné ayer cuando nos sorprendió el aguacero al regresar del puente desde el que veíamos pasar el río y los peces. Llegamos a casa muertos de frío y de risa; nos quitamos la ropa y frente a la lumbre te acurrucaste entre mis piernas. Te quedaste dormido. Mientras te miraba, escuchaba el silencio de la noche y el latido de tu yugular. No sé qué hora sería.

Leticia Blázquez Gómez
Facultad CC. Jurídicas y Sociales (Toledo)

 

Agua y fuego

No recordaba ya cuántos días llevaba durmiendo al abrigo de aquel ciprés. Aquella noche había llovido sobre Berlín como Alexandra jamás recordaba. Aún así, el fuego crepitaba en la hoguera rodeado de montones de libros, que serían sacrificados poco más tarde. Entre aquella marea ingente de hojas se encontraba el único recuerdo que Alexandra conservaba de su madre. Cuando el soldado agarró aquel libro, ella lo reconoció al instante. Vio el resplandor del cuero granate como si no existiese nada más alrededor. Echó a correr. Sus pies descalzos chapoteaban en los charcos de barro y las gotas de lluvia empañaban su rostro. Su único objetivo era impedir que la memoria de lo que más amaba pereciese entre las llamas. Sin embargo, un disparo fue lo último que oyó. Sintió un calor abrasador en el pecho y se desplomó sobre la hoguera, compartiendo la misma suerte su recuerdo.

Esther Fernández Blanco
Facultad de Terapia Ocupacional, Logopedia y Enfermería (Talavera de la Reina)